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La intromisión en Radar Libros

10 feb

Cómo mejorar la realidad

A su manera, Muriel Spark compuso una comedia humana hecha de viejas costumbres decadentes, personajes entrañables y mucha ironía. La intromisión no escapa a estas características. Una divertida fusión de literatura y vida que combina a un grupo de viejos aristócratas y una joven escritora en ciernes.

Por Laura Galarza

Muriel Spark (Edimburgo, 1918-2006) es una autora inclasificable y, más, desacatada. De esas que se distinguen como un faro en la niebla: dicen lo que quieren y como quieren. La Bestia Equilátera viene rescatando el último tiempo algunas de sus más de veinte obras: Los encubridores, Memento Mori y ahora, La intromisión (que fuera publicada por Emecé en los ’80 como Vagando con intención). Obras que se sacan chispas a la hora de tener que recomendar una. Lo mejor, leerlas a todas.

Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia. Así podría resumirse, si eso fuera posible, el argumento de La intromisión, escrita por Spark en 1981, y ambientada en la posguerra británica de mitad de siglo. Pocas veces una novela puede leerse, además, como un manual de literatura. ¿Qué es la ficción? ¿Cómo se construye un personaje? ¿Cómo es el proceso creativo? Todo hilvanado por anécdotas desopilantes y de un humor mordaz, donde Spark termina demostrando que, como en la vida, en literatura las cosas son como las queremos ver.

“Usted es un demonio”, le dice Sir Quentin a la joven Fleur Talbot, a quien había contratado para “mejorar literariamente” las memorias de un grupo selecto de amigos, todos viejos como él, pertenecientes a la aristocracia británica y autodenominados “Asociación Autobiográfica”. Fleur, que por las noches escribe su primera novela y sueña con publicar, acepta entusiasmada el trabajo que le ofrece Sir Quentin: “Lo que me hacía feliz era el regalo que me ofrecían esas yemas de los dedos que se tocaban, esas palabras cobijadas como en un nido cuando dijo, señalando el mueble: ahí hay secretos”. Pero Quentin queda desconcertado cuando, al cabo de unos meses, descubre que su empleada alteró las memorias. “La verdad no se lleva bien con el arte”, se justifica Fleur ante sí misma: “Estas composiciones eran un suplicio para mi espíritu, hasta que descubrí el método para empeorarlas”.

A manera de ejemplo, el diario de Sir Eric, uno de los integrantes del grupo, “un hombre menudo, tímido, caballero del Imperio Británico, comerciante en el ramo del azúcar”, comenzaba el diario recordando su infancia junto a su niñera Nany. Fleur reconoce: “Yo había animado un poco el material haciendo que, en ausencia de los padres, la niñera y su mayordomo se hamacaban juntos en el caballo de madera del niño Eric mientras mantenían al pequeño encerrado en la cocina y limpiando la platería”.

La intromisión. uriel Spark La Bestia Equilátera 256 páginas

“Siempre me gusta un giro inesperado en las obras”, dice Spark en boca de su antiheroína. Y entonces la trama se vuelve detectivesca, surfeando el absurdo: Fleur finaliza su novela y se la lleva al editor. Pero Sir Quentin la acusa de utilizar a él y a su entorno (entre los que hay también un ama de llaves y su madre, una vieja loca y simpática) para la construcción de su novela y, moviendo algunos hilos, impide su publicación. “Yo ya había escrito mi novela y, sin embargo, era sorprendente cómo ellos se parecían a mis personajes”, reflexiona Fleur: “Son la arcilla con que hice mis ladrillos, me guste o no”. Como contrapartida, algo más ocurre: de manera macabra, toda esta gente empieza a vivir como en la ficción de Fleur. Y lo que ya había sido escrito por ella termina ocurriendo en la realidad, con muertos y todo. En La intromisión es posible que una novela se escriba y luego se viva. O al revés.

Para muchos, Spark (apellido con que se quedó de su ex, su verdadero nombre es Muriel Sarah Camberg) quizá sea reconocida como la autora de La plenitud de la señorita Brodie que, publicada en 1961 y llevada al cine, la lanzó a la fama; o por su título de Dama al Servicio del Imperio Británico otorgado en 1993, por haber colaborado emitiendo noticias falsas para confundir a los alemanes durante la Segunda Guerra, en el Departamento de Inteligencia. Sin embargo, lo primero que escribió Spark en 1951, antes de ser una escritora consagrada, y mientras pasaba hambre en su habitación de los suburbios londinenses, fue la biografía de Mary Shelley. La autora de Frankenstein y otras novelas visionarias llevó durante su vida un diario recuperado por Spark. En él, Shelley escribe a principios del mil ochocientos cosas como ésta: “No deseo que las mujeres tengan más poder que los hombres sino que tengan más poder sobre sí mismas”. Lumen reeditó esta biografía en 1997. En el prefacio, Muriel dice: “Hace treinta y seis años o más, nunca habría imaginado que llegaría a escribir una novela, y en la actualidad no hago otra cosa”.

Muriel Spark murió escribiendo el 13 de abril de 2006, a los 88 años, en un pueblo de la Toscana y alejada de todo.

Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/10-4563-2012-02-10.html

Fitzrovia en camino

5 dic

 

 

 

V.S. Pritchett en Inrocks

3 dic

En “On Writing”, un artículo que escribió para The New York Times en 1981, Raymond Carver pasa lista a las definiciones que desde el siglo XIX se hicieron del short story. Entre las distintas sentencias disponibles, se interesa por las que vienen del lado de Chéjov: el cuento depende de un momento de revelación, pero no de una trama intrincada ni de giros sorpresivos. En esa línea, Carver explora respuestas hasta que, al final, da con la cita que busca: “Un cuento es algo que se ve de reojo, mientras pasa”. La cita es del inglés Victor Sawdon Pritchett, más conocido como V.S. Pritchett, aunque lo de conocido es, en este caso, relativo: si bien la literatura de Pritchett está muy difundida en Inglaterra y los Estados Unidos, casi no ha sido traducida al español. Esa deuda empezó por resarcirse según una cronología extraña. Hace más de cincuenta años, una editorial mexicana publicó dos de sus primeras novelas (El muerto manda y Curtido en alma y cuerpo) y este año, el Fondo de Cultura Económica editó, también en México, El viaje literario, una serie de ensayos sobre escritores viajeros. Ahora, en Argentina, con la publicación de Amor ciego, La Bestia Equiláterahace lo que parecía más lógico desde el principio: traducir algunos de los cuentos que hicieron famoso a Pritchett para toda la literatura anglosajona.

Nacido en 1900 y muerto en 1997, Pritchett es ya un hombre de otra época. De ese anacronismo da cuenta la definición que de él hizo Paul Theroux y que la contratapa de Amor ciego registra: “El último hombre de letras”. Algo de eso hay en la vida de este escritor autodidacta que dejó la escuela a los quince años para trabajar, viajar y leer todo lo que estuviera a su alcance, y también en el tamaño monumental de su obra: sólo sus Complete Collected Stories, publicadas en 1991, suman unas mil páginas. A pesar de que su larga carrera registra altibajos, sus cuentos hicieron siempre un culto de la construcción de situaciones ordinarias hasta el detalle que las vuelve extrañas, y de un oído magistral para el diálogo. Eso ya se ve en sus relatos primerizos. En “A Serious Question”, por ejemplo, un cuento que pasó desapercibido al publicarse, con una única línea de diálogo alcanza para reflejar las aspiraciones sociales y los prejuicios de la protagonista: “–Bueno –dijo ella–. ¿Qué tiene? ¿Qué importa? No somos tan pobres como la Señora Radfield. Nosotros no tenemos hijos”.

Estas características se pueden leer también en los seis cuentos que integran Amor ciego, que pertenecen a distintas etapas de la producción de Pritchett y que siguen dos hilos conductores: son algunos de sus cuentos más celebrados y todos ellos tienen por eje temático el amor (en sus muy distintas formas).

Es cierto que las brechas temporales entre los cuentos pueden hacer algún ruido. Entre “El sentido del humor” y “El santo”, dos de sus primeros relatos en ser reconocidos, y “Amor ciego” o “El regreso” hay una distancia no sólo en extensión (los segundos los triplican en páginas) sino también en complicaciones narrativas (los primeros son mucho más simples). Pero Pritchett siempre cumple con algunas características que le garantizan el éxito. En este sentido, es un justo heredero de la tradición del cuento moderno: aunque no haya giros narrativos ni sorpresas al final, todo detalle está al servicio del enrarecimiento del ambiente y de una historia subterránea que emerge en cuentagotas sobre la superficie del relato. Sin embargo, y a diferencia de varios epígonos de Chéjov, Pritchett se permite otras virtudes: narradores que acotan sin juzgar, buenas dosis de ironía (sobre todo en “La belleza de Camberwell”y “El esqueleto”) y explícitas metáforas descriptivas que se despegan del mero detallismo simbólico.

En “El Santo”, por ejemplo, el narrador recuerda cómo, cuando era adolescente, llevó a pasear en bote al líder de su congregación religiosa, una especie de secta que creía que todo aquello que era malo en el mundo no era sino un engaño de nuestros sentidos. En ese paseo en bote, el hombre cae al río y luego, cuando se acuesta al sol (convencido de que no debe cambiarse la ropa por otra seca, porque la enfermedad y la caída no han existido en realidad) se llena de un polen producido por la humedad de color amarillo. El narrador lo ve entonces como un ser dorado, producto de una alquimia accidental: “El hombre es un santo, pensé. Tan santo como cualquiera de las figuras bañadas en oro de las iglesias de Sicilia”.

Pritchett también maneja con solvencia el factor tiempo, lo que le permite alternar entre escenas del presente narrativo, el pasado y el futuro sin problemas. De esos saltos acotados resultan yuxtaposiciones casi epifánicas. Esto funciona sobre todo en “Amor ciego” (el mejor cuento del libro), un largo relato sobre la relación entre un hombre ciego y millonario y su secretaria, una mujer con una extensa mancha en el torso. Los dos han sido abandonados por sus parejas debido a sus defectos físicos, pero el narrador (en tercera persona), lejos de regodearse en lo morboso de la situación, le da vida a esos defectos en todo su patetismo y en su belleza imposible.

Por un lado, Pritchett enfatiza el hecho común hasta que lo desnaturaliza. Por otro lado, trata aquello que es extraordinario como si fuera evidente. Así, un detalle trivial como que la gente en la calle le abra el paso al hombre ciego se vuelve, en ojos de la secretaria, la primera evidencia de la carencia de su jefe. Y, al revés, que el hombre ciego pueda decir que ella viene de jugar al tenis por su olor (“Huelo pelotas de tenis y césped”) aparece como el dato más normal de todos.

“Me convertí en un extranjero. Porque eso es, para mí, un escritor: un hombre que vive al otro lado de una frontera”, escribió Pritchett al final de A Cab at the Door, el primer volumen de su autobiografía. Así pueden leerse todos los cuentos de Amor ciego: como el esfuerzo desesperado de un hombre que escribe para hacer foco y llegar a comprender la estela que deja todo aquello que pasa, de repente, a un mundo de distancia.

Lucas Mertehikian

Fuente: http://www.losinrocks.com/libros/amor-ciego-de-v-s-pritchett

Lispector y Schmidt: escritores raros

21 jul

Silvia Hopenhayn sobre Arno Schmidt y Clarice Lispector, en La Nación, 20/07/2011.

Hay escritores raros. Por lo general, no figuran en las listas de los más vendidos ni se adaptan con facilidad a la pantalla grande. Más que contar una historia lineal, se embarcan en una especie de diálogo personal con el mundo que los rodea, que incluye desde sus lecturas más íntimas hasta las veleidades de la actualidad. Sus libros suelen ser estampas de una percepción fina, provista por una mirada lúcida que intercepta a sus lectores. No pretenden enseñar nada. Y, sin embargo, dejan a menudo una huella indeleble en la lengua. Desde Joyce hasta Faulkner, así como el inclasificable Arno Schmidt (1914-1979). De este último, acaba de publicarse una colección de cuentos, Meteoro de verano (La Bestia Equilátera), cuidadosamente traducidos por Gabriela Adamo, también responsable del prólogo, en el cual nos advierte sobre la extrema erudición del autor alemán, en combinación con su ironía y maldad implacables.

Arno Schmidt es un verdadero duelista de las palabras. Cada cuento parece un apunte. O más bien un despunte: del día, de un estado de ánimo, de un ardid. Veamos algunos comienzos: “Yo mismo no tuve grandes experiencias -cosa que, dicho sea de paso, no me importa en absoluto.” O “¡Leer es algo terrible! (…) A la mañana, en el tranvía, se ven con claridad los estragos que los escritores producen en nosotros; cómo nos obligan a aceptar sus reflexiones.” Por último: “Hay días raros: el sol ya sale de una manera particular; las nubes insulsas vuelan bajo; el viento se acerca en forma sospechosa desde todas las zonas del mundo”. Schmidt mezcla, superpone, lanza. Su mundo -aceptado- es la naturaleza, el arte y la ciencia. Lo inaceptable se manifiesta como una burla. Por eso hay muchas nubes, relámpagos, atardeceres, pero también descorches, empleadas domésticas y ratones. Julio Cortázar lo resume en un comentario al editor Francisco Porrúa: “Che, ¿vos leíste a Arno Schmidt? Es un alemán que se nos parece un poco, es decir que es terriblemente intelectual y al mismo tiempo está más vivo que un gato de azotea”.

Otros cuentos raros, recién publicados, son los de la escritora brasileña, de la misma generación, Clarice Lispector (1920-1977), reunidos bajo el título Felicidad clandestina (El Cuenco de Plata), en bella traducción de Teresa Arijón y Bárbara Belloc. Son raros por otros motivos: un clima extraño, de tanteo en el abismo o en el desorden; por momentos parece escucharse la respiración de la autora a la hora de escribir. En varios de sus relatos, la felicidad se vuelve incómoda y conduce indefectiblemente a la soledad. Sobre todo la que atañe a los amigos del alma, en un cuento propicio -aunque poco auspicioso- para el día de hoy, “Una amistad sincera”: “Después de la conversación, nos sentíamos tan contentos como si nos hubiésemos regalado mutuamente”.

Leer también es una forma de la amistad, y puede llegar a más. “A veces me sentaba en la hamaca, meciéndome con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo. Ya no era una niña con un libro: era una mujer con su amante.”

Dime qué estás leyendo y te diré con quién andas…

fuente: La Nación.

 

La permanente alegría del azar

23 jun

El mármol de César Aira por Pedro B. Rey, para ADN

“La realidad es una gran coincidencia. Grandísima, si uno piensa qué enorme es la cantidad de unidades materiales e inmateriales que conforman la realidad”, apunta en los tramos finales de su vertiginosa aventura el protagonista de El mármol . Esta certeza, que parece derivarse de la teoría del caos, viene multiplicándose exponencialmente desde hace años en las novelas de César Aira, ese territorio literario moldeado por las combinaciones más extremas del azar.

El punto de partida de su último opus, que se editó con tres tapas distintas, es una tirada de dados ad hoc : la serie de bagatelas (una hebilla dorada, una cámara fotográfica del tamaño de un dedo, entre otras) que el narrador, un desocupado que depende económicamente de su mujer, selecciona en la caja de un supermercado chino para completar el vuelto chico. A esas fruslerías se les suman unos minúsculos “glóbulos de mármol”, de apariencia inútil.

El protagonista, que escribe para recordar por qué apareció un buen día bajándose los pantalones sobre un bloque de mármol, se apresta a remontar la serie de peripecias que lo condujeron a ese punto. “Remontar” es un verbo engañoso. Como en aquel texto inaugural de Raymond Roussel (“Entre los negros”), la literatura en este caso es la distancia que media entre la primera y la última escena, casi idénticas, con la guía circunstancial de las baratijas que de vez en cuando el protagonista extrae de su bolsillo.

Más de sesenta entregas después, los libros de Aira no son innovadores por este aceitado artilugio de repentización. Lo nuevo de El mármol consiste, aunque eventualmente recuerden algún libro previo, en las formas únicas que resultan de sus propias peripecias, suscitadas por los continuos bandazos que se producen en la mesa de billar que son las páginas de la novela. Al salir del supermercado, el narrador es abordado por un joven chino que lo sigue hasta su casa: según deduce, la precisa combinación de objetos que se llevó del negocio tiene relación con un concurso en clave. Hay un sapo de piedra que parece respirar, un traslado en moto, otro supermercado al borde de un abismo, una cantera de “premármol” y, acaso, quién sabe, extraterrestres. Estos elementos importan poco por sí mismos. En ese fluido vertiginoso del relato (nada en Aira es fantástico, a pesar de las apariencias), todo se somete al desfigurador campo de fuerzas de la narración pura. En sus entresijos, como también es norma, campean las disgresiones, desde el cálculo aritmético desopilante hasta la reflexión sobre lo imaginario o un género como la ciencia ficción, que el protagonista desprecia.

El mármol vuelve también a demostrar hasta qué punto, amparándose en su ya trillado “verosímil”, Aira es capaz de contrabandear aspectos de la realidad reconocible sin el riesgo de ridículo que corren escritores más apegados al referente. Lo hace con la misma felicidad de la tormenta de imágenes que se activa en un momento decisivo de la trama y que, se diría, ilustra el torbellino de toda su literatura.