Historico por autor

¿Ya lo votaste?

26 abr

Como muchos ya saben, El mármol es uno de los veinte candidatos al Premio del Lector que organizó este año la Feria del Libro. Los libros fueron elegidos por un grupo de libreros, pero son los lectores con su voto quienes elegirán al ganador. Hoy queremos compartir con ustedes lo que algunos críticos opinaron de esta novela. Si todavía no la leíste, estás a tiempo; si todavía no la votaste, también.

El mármol vuelve también a demostrar hasta qué punto, amparándose en su ya trillado “verosímil”, Aira es capaz de contrabandear aspectos de la realidad reconocible sin el riesgo de ridículo que corren escritores más apegados al referente. Lo hace con la misma felicidad de la tormenta de imágenes que se activa en un momento decisivo de la trama y que, se diría, ilustra el torbellino de toda su literatura.

Pedro B. Rey, ADN Cultura

La novela (breve) prospera a través de las conexiones inesperadas que surgen de la realidad, o más bien de su lectura. Hasta lo más nimio puede conducir a reflexiones algorítmicas. Y eso es lo que caracteriza a Aira, la aventura de vivir está al alcance de los ojos, en cualquier momento y lugar.

Silvia Hopenhayn, La Nación

El mármol es una ficción con un ritmo inabarcable si no estamos preparados para los ires y venires de una literatura que se basta por sí misma, que no precisa de artilugios para justificarse. Eso a los que nos tiene acostumbrados Aira. Una novela sin pliegues, porque sólo acontece, es decir, propone lo que debe (y quiere) proponer: un lugar en el que lo lúdico de la palabra escrita no recurre a convenciones y espacios canonizados, sino, simplemente, a la literatura.

Alejandro Frías, El Sol

Para quienes leemos a Aira desde hace años, sin embargo, ambos sentimientos no son excepcionales: felicidad y satisfacción y admiración ante la “poesía desconocida” que actúa en este texto y en los otros suyos; la “universidad desconocida” de la que hablaba Roberto Bolaño en sus libros y que es la de la libertad y la de la literatura.

Patricio Pron, El Boomeran(g)

La veloz liviandad de su prosa impone la invención más allá del lenguaje: lo tensiona. Descentrada, inorgánica, con tintes esotéricos y en ocasiones risible hasta la carcajada, la nouvelle se despliega a través de una lógica rica en digresiones, estructurando así una estética de la imprevisibilidad.

Augusto Munaro, La Gaceta

Una misma novela, tres tapas, más de una lectura

25 abr

Y quizás los objetos podían ser
cualesquiera, quizás no estaban
predeterminados sino al revés: eran
ellos los que determinaban el curso de
los acontecimientos; el cliente podía
llevarse unos u otros, al azar, de la gran
variedad disponible: y según cuáles
fueran así sería la aventura que viviría
su portador.
César Aira, El mármol

Es sabido que César Aira publica varios libros por año, en distintas editoriales, en distintas ciudades del mundo. Nadie tiene una idea exacta de cuántos libros lleva publicados hasta hoy, y sospechamos que ni el mismo Aira lo sabe. En La Bestia siempre lo hemos admirado mucho, y cuando nos llegó El mármol, una novela llena de sorpresas, nos propusimos homenajear a Aira y a su obra proliferante desde la misma edición.

Se nos ocurrió una idea simple y divertida: hacer tres portadas, cada una con una contratapa y una solapa biográfica distintas. A pesar de su brevedad, la novela misma invitaba a más de una lectura, a más de un modo de “entrar”, y eso fue lo que intentamos reflejar. Aira fechó El mármol el 21 de diciembre de 2009. El arte de tapa es de Juan Pablo Cambariere. Nuestra primera edición de 1.500 ejemplares (500 en cada versión) se imprimió y salió a la venta en febrero de 2011. La que hoy se consigue en librerías, y que reimprimimos varias veces, es la que más les gustó a los lectores, pero a nosotros nos encantan las tres:

A falta de cambio, el cajero de un supermercado chino le ofrece al protagonista de esta novela que elija entre un montón de naderías. Resignado, el hombre manotea al azar unas pilas chinas, un ojo de goma con luz, una tabla de proteínas, una hebilla dorada, una cucharita lupa, un anillo de plástico y una cámara fotográfica del tamaño de un dado. Ignora que al salir lo espera una aventura, y que a esos objetos que cree inútiles podrá darles una función insólita en cada capítulo de sus andanzas.
Las novelas de César Aira convocan a un lector dispuesto a jugar con él el juego de la improvisación. Con la irreverencia de un niño y la inocencia de un artista genial, Aira consigue lo imposible: crear la sensación de que lo que cuenta va naciendo, frase a frase, en el puro presente del lector.
Heredero de las vanguardias del siglo XX, César Aira encontró en sus procedimientos un atajo hacia la fuente primordial de la narración y, con más de sesenta novelas publicadas, ha creado una obra entregada al riesgo y tocada por la gracia de una rara libertad.

César Aira nació en Coronel Pringles en 1949. Vive en Buenos Aires desde 1967. Publicó más de sesenta títulos, entre ellos: La luz argentina; Los fantasmas; La guerra de los gimnasios; La villa y Las noches de Flores, pero también obras como El infinito; La trompeta de mimbre; El juego de los mundos; La pastilla de hormona y Mil gotas. Sus libros han sido traducidos al inglés, francés, italiano, alemán y a otras lenguas. En una entrevista, contó cómo escribió una de sus primeras novelas: “Un día estaba dando un examen de literatura argentina en la facultad. (…) El profesor me interrumpió diciendo que así no se podía exponer la obra de Borges. Me produjo tal indignación que me quisieran decir cómo hablar de Borges que salí del examen y, al día siguiente, me puse a escribir Las ovejas, una novelita donde los animales, a causa de la sed, descubren el idealismo. Tenía veinte años y en ese texto escribí mi versión de Borges, para que nadie volviera a decirme qué es la literatura”.


Sentado sobre un mármol, un día el narrador de esta novela observó su cuerpo desnudo y sintió una “íntima satisfacción”. Pero ¿en qué circunstancia lo hizo? ¿Lo habrá soñado? ¿Lo estará inventando? El mármol es un largo rodeo por las tierras de la memoria y la fantasía en busca de una explicación. En el camino aparecerán una extraña amistad, supermercados chinos, mundos extraterrestres iguales al nuestro y un sapo de piedra (que late) en el que acaso se cifren los destinos de la humanidad o al menos de un par de paladines de ocasión.
El yo que narra es la aventura secreta dentro de esta aventura, y como en un juego de develamientos, César Aira va dibujando el perfil de un hombre melancólico, culposo, xenófobo, mantenido por su mujer, al que la realidad –insospechada como en todas sus novelas– le tiene reservada una nueva alianza con la vida.

César Aira nació en Coronel Pringles en 1949. Vive en Buenos Aires desde 1967. Publicó más de sesenta títulos, entre ellos: El llanto; Diario de la hepatitis; Cumpleaños; Fragmentos de un diario en los Alpes; El tilo; Cómo me reí; La vida nueva. Es autor de libros de ensayos como Copi; Nouvelles impressions du Petit Maroc; Alejandra Pizarnik; Las tres fechas; Edward Lear. Además de innumerables best-sellers, tradujo a Jane Austen, John Franklin Bardin, Allen Tate, Jan Potocki, Stephen King, Ray Bradbury y J.R. Ackerley. En una oportunidad escribió: “Eso es la literatura entonces. Una especie de efecto feliz que no tuvo causa”.

Un hombre va de compras a un supermercado chino y el cajero, a falta de cambio, le ofrece algunos cachivaches, entre ellos unos misteriosos glóbulos de mármol. Al salir, el encuentro con un joven dispara una serie de aventuras que involucran la promesa de un premio, el hallazgo de una cantera en el bajo de Flores y a una pandilla de supermercadistas chinos llegados de otro planeta, idéntico al nuestro. La vida –y no solo la de estos personajes– gana nuevas dimensiones.
Con César Aira entramos enseguida en el terreno de la fábula, y esta vez el protagonista secreto es un sapo de piedra, un adorno olvidado, semienterrado en un jardín: “Hablando con propiedad, la imaginación, ¿para qué sirve? ¿No es ella también, y ella en primer lugar, un objeto sin función aparente incrustado en la mente? Son los objetos extraños los que le crean una función…”.
Las materias de Aira –las volteretas que puede provocar una simple transacción de dinero, la repetición y la proliferación, lo insólito en lo cotidiano, lo microscópico y lo cósmico– alcanzan en El mármol una asombrosa condensación. Un fervor único, delicado, se apodera de esta novela y del lector, capturado por el encanto de quien escribe creyendo que la literatura es el mejor de los juegos –de los mundos– posibles.

César Aira nació en Coronel Pringles en 1949. Vive en Buenos Aires desde 1967. Publicó más de sesenta títulos, entre ellos: Moreira; Ema, la cautiva; El vestido rosa. Las ovejas; El bautismo; La liebre; La costurera y el viento; Un episodio en la vida del pintor viajero. En su formidable Diccionario de autores latinoamericanos, escribió sobre Braulio Arenas: “Aunque prolífico, Arenas conservó algo de ‘novelista aficionado’, de poeta que experimenta con una forma que no es la suya y lo hace con singular libertad, sin condescender en moldes o mecanismos convencionales. Inventó su propia técnica y la reinventó en cada libro”. Algo no muy distinto podría decirse de este inclasificable escritor argentino.

Premiación del Editor del Año

22 abr

Compartimos algunas imágenes de la ceremonia en la que se premió como Editorial del Año a Luis Chitarroni.

El acto se realizó el 18 de abril en el cierre de las Jornadas Profesionales de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.

Además de Luis Chitarroni fueron premiados Matías Scarabotti (Librería Tras los pasos, Misiones) como librero del año; Mariana Accame (Ed. Santillana) como viajante del año y Walter Zúñiga Zavala (Karma libros) como visitante extranjero del año.

Fotos: Virginia Higa

Un escritor sin atributos

21 abr

Los informes editoriales del triestino Bobi Bazlen y las cartas que intercambió en su juventud con Eugenio Montale permiten conocer al más notable de los autores sin obra

Por Pedro B. Rey

La vida literaria de Roberto Bazlen (1902-1965) parece tendida entre dos frases. La primera funciona como divisa personal: “No escribo libros; casi todos los libros son notas a pie de página ampliadas hasta formar un volumen; yo sólo escribo notas a pie de página”. La segunda figura en una carta dirigida a Luciano Foà: “Es el único clásico que tenemos, pero para un mundo que no tendrá necesidad de leerlo (ni de leer)”. Bazlen se refiere a August Strindberg, pero parece estar trazando con el mismo gesto un autorretrato para el futuro.

La primera edición en español de Informes editoriales, conjuntamente con Cartas a Montale, permite internarse en los apuntes dispersos de este clásico por omisión, encarnación máxima de una figura perfectamente contradictoria: la del escritor que no escribe. Bobi Bazlen (como lo llamaban sus amigos) nació hace más de un siglo en Trieste, el puerto adriático de fronteras móviles donde años más tarde recalaría James Joyce. La causalidad geográfica seguramente favoreció su condición de memorable contrabandista cultural, práctica que ejercería también en Roma y Milán. En los áridos años del fascismo, Bazlen parecía haber absorbido todos los escritos que no circulaban por la península. El alemán fue en cierto modo su primera lengua (El capitán de altura, el único fragmento narrativo que se conoce de él, fue escrito en ese idioma) y ese trato con la cultura germana lo llevó a frecuentar pronto a los autores (Freud, Kafka, Musil) que se encargaría de introducir luego en Italia. Quizá más que escritor Bazlen fuera lector (“soy una persona decente que pasa casi todo su tiempo en cama, fumando o leyendo, y que cada tanto sale para hacer alguna visita o para ir al cinematógrafo”) y, más que lector, empresario de causas ajenas. En las cartas que un joven Bobi le envía a Eugenio Montale (rebautizado como Eusebio) entre el 5 de mayo de 1925 y finales de los años 30, hay pruebas decisivas sobre esas actividades. “Dora Markus”, uno de los poemas más conocidos de Montale, se inspiró en una foto (las piernas de una muchacha austríaca) que Bazlen le envía a Montale conminándolo para que escriba un poema a partir de ellas. Las cartas confirman también el papel capital que cumplió en el rescate en vida de otro triestino, Italo Svevo. Montale leyó a Svevo por indicación de Bazlen y escribió los dos legendarios artículos que sacaron de la oscuridad al autor de La conciencia de Zeno gracias a un insistente aguijoneo de su amigo, que nunca despeja en la misiva el interrogante de si lo suyo es la generosidad o la pereza.

Es un enigma por qué ese individuo curioso, entusiasta, erudito y de eventual lengua viperina, esa personalidad (que sus conocidos -Sergio Solmi lo recuerda en el prólogo- calificaban epistemológicamente como la “experiencia Bobi”) de la que todos esperaban la obra capital de una generación limitó su talento sólo a traducciones firmadas con seudónimo, el asesoramiento en tono informal de importantes editoriales o a escribir para sí mismo. Lo único seguro es que Bazlen, que no publicó nada propio en vida, era el primero en afirmar, contra la opinión ajena, que no escribiría. En El estadio de Wimbledon (1983), la novela de Daniele Del Giudice que orbita magistralmente alrededor del vacío que propone su caso, uno de los personajes deduce: “Muchas veces repetía: mejor que no haya escritores mediocres; y quizás él mismo intuía que no habría sido un escritor de primerísima fila”.

Claudio Magris da (en Trieste. Un’identit à di frontiera, libro que coescribió con Angelo Ara) la definición más atractiva de la personalidad de Bazlen: es, sugiere, una especie de Musil que no tiene ninguna necesidad de escribir El hombre sin atributos. Es difícil no asociarlo, al leer las páginas de Informes editoriales, con Ulrich, el trasunto de Musil en la novela. Lejos de la engañosa estolidez que sugiere el título, la falta de atributos de Ulrich, un matemático brillante, es voluntaria: él mismo decide no hacer uso social de sus muchas cualidades. Quizá Bobi Bazlen decidió escribir lo mínimo posible por razones similares; quizás haya considerado, como le ocurre a Ulrich al leer un diario, que el mundo está perdido si es capaz de calificar a un caballo de carreras con el adjetivo “genial”. No es extraño, entonces, el desbordante entusiasmo que experimenta al leer durante dos meses la monumental obra de Musil a la que diagnostica, después de desmenuzarla magistralmente en la extensa carta-informe de 1951 que abre el volumen, como “un fragmento de dos mil páginas”. Todavía faltan reunirse los materiales del cuarto y último tomo, pero entre el tedio y la fascinación por “una precisión de pensamiento y escritura impecables y de una sensibilidad asociativa que suele superar las más bellas páginas de Rilke”, el escritor triestino que no escribe da una lección de crítica que se ajusta a la perfección a la consigna que figura en otra zona de la colección: “Tomo el libro por lo que es y quisiera ser (no como quisiera que fuese)”.

Cargado de un bagaje cultural bien asentado, pero leyendo en un siglo cambiante, Bazlen muestra en sus textos (ágiles epístolas escritas en los años 50 y principios de los 60) ser un formidable lector bifronte: puede sentirse a sus anchas con escritores que para entonces habían caducado (vale detenerse en las impensadas apariciones de Henrik Pontoppidan o Carl Spitteler), detenerse en téoricos como Bettelheim o Kuhn, pero sobre todo mostrarse impecable (también implacable) como lector de obras modernas. Raymond Roussel (lee las Impresiones de África en 1926) es “inmenso”. En Ferdydurke capta de inmediato esa extraña tensión (entre Alfred Jarry y Thomas Mann) que habita a Gombrowicz. Es impiadoso con Lampedusa (aunque lo que escribe es posterior a los famosos rechazos que sufrió El Gatopardo) y no le cae simpático Heimito von Doderer (“es la quintaesencia de todo lo que exasperaba a Karl Kraus”). Le pone objeciones a Robbe-Grillet y se permite estar en lo cierto incluso en el error: a Los reconocimientos, de William Gaddis, una notable novela sobre la creciente inautenticidad del mundo moderno, la ningunea con perspicacia inigualable: “Me parece una obra falsa escrita con gran habilidad por un falsificador excepcionalmente inescrupuloso”. Recomienda la publicación de Silencio, de John Cage, siempre que se lo presente como el libro de un músico: no escucha música contemporánea, pero “como invención o al menos como postulación de problemas, dentro de esa extraña actividad que será o no será música [...], sin duda es una aventura sonora endiabladamente significativa”.

Cada línea de Bazlen parece llevar al grado cero del fragmento: la frase, que termina por adquirir relieve individual. Frente a la contundencia de Informes editoriales, una obra menor pero maestra, involuntaria pero consistente, parece de rigor lamentar la renuencia (o el posible fracaso) de este triestino omnívoro. Pero hay más de una manera de escribir. Bazlen colaboró en la fundación de Adelphi. En las contratapas de los libros de esa editorial italiana, escritas una a una por Roberto Calasso, puede detectarse indirectamente su sello de agua. En épocas en que ser prolífico es norma tanto para la industria como para la vanguardia, su fantasma parece recordar, desde el fondo del siglo XX, que la literatura también puede ser una forma de vida.

MUSIL Y EL ABOGADO DEL DIABLO
12 de junio de 1951

Lamento que haya tanta urgencia. Es un asunto complicado, y para que entiendan bien de qué se trata, me hubiera gustado escribirles más largamente y traducirles algunos fragmentos.

Pero dado que hay urgencia, te devuelvo hoy los tres volúmenes y te mando, como puedo, unas líneas que podrán ayudarlos -espero- a tomar una decisión:

En cuanto al nivel, es indiscutible y (a pesar de los reparos que haré más adelante y a otros, innumerables, que podrían hacérsele) merece publicarse con los ojos cerrados. En cuanto al valor sintomático de cada página, en cuanto al valor absoluto de muchísimos pasajes, es uno de los más importantes trabajos de todos los grandes experimentos narrativos inconformistas escritos después de la Primera Guerra Mundial, que en su mayoría son obras basadas en el predominio de una sola función llevada hasta los límites permitidos por la pedantería e incluso más allá (en Joyce, por ejemplo, la asociación sonora; en Musil, la precisión del pensamiento).

Es muy discutible, en cambio, desde el punto de vista editorial-comercial. Aquí debo hacer de abogado del diablo. Y como abogado del diablo, tengo cuatro argumentos. La novela es:

1) demasiado larga

2) demasiado fragmentaria

3) demasiado lenta (o aburrida, o difícil, o como quieras llamarla)

4) demasiado austríaca. [...]

(a Luciano Foà, editorial Einaudi)

GOMBROWICZ, FERDYDURKE
16 de diciembre de 1958

Dos palabras sobre Ferdydurke, a toda velocidad. Ya sabes de qué trata, no tengo que contarte la historia, solo quieres mi opinión.

¡¡¡Diría que sí, absolutamente!!!

Me divertí como loco; es uno de los aliados más honestos que podemos tener en la verdadera revolución contra el amor, el arte, los principios inmortales y todas las tonterías de siempre.

En las primeras páginas tuve que superar una cierta sospecha: el humorismo estudiantil, provinciano, prefabricado. Pero hay también algo hipercomplejo aun en la ingenuidad, de inasible en lo obvio, de refinadísimo en lo mecánico que verdaderamente me cautivó. Cómo me arrastró el brío y (con algunas reservas menores) la lógica interna del relato.

Gombrowicz es (aunque con premisas muy distintas) de la raza de Jarry.

Los primeros dos tercios fluyen que da gusto. Luego parece perder impulso, o más bien lo pierde de verdad (y se percibe un poco no la mala conciencia, sino el malestar de Gombrowicz el Gran Liquidador, burlón y ex gran señor polaco, frente al Gombrowicz iluminista y “justo”), pero se recupera bastante rápido, deja a amos y criados matándose a garrotazos entre ellos, unos más lastimados que otros, y entonces empieza la gran historia de amor final que es la declaración del fracaso definitivo de todas las monjas y monjes portugueses de este mundo.

(Alguna vez dije que sólo conozco dos historias de amor en la literatura de este siglo: la de Ulrich y su hermana, de Musil; y la de Marie du Port y el jefe, de Simenon. Me parece -pero esperemos a que termine esta primera fase de encandilamiento- que también incluiré a la deliberadamente antiabelardoheloisiana de Ferdydurke e Isabel). Es un libro verdaderamente respetable y verdaderamente sano.

(a Luciano Foà, editorial Einaudi)

TOMASI DI LAMPEDUSA
7 de mayo de 1959

Sospechas sobre El Gatopardo: justificadísimas. De todos modos, no entra en la categoría de obras con polenta a dos centímetros bajo la superficie, que despiertan ese entusiasmo en el que vislumbramos abismos de inconsistencia en nuestros mejores amigos (Ladrones de bicicletas, Cristo se detuvo en Éboli, Doctor Zhivago; y me retuerzo cuando pienso en la publicación del epistolario de Saba). Es el libro de un provinciano culto, con verdadera cultura (muy anticuada) en la sangre, responsable, íntimamente soigné, bastante simpático, y lo que en Italia importa mucho: rico (materialmente). En cuanto a construcción, es apresurado, casi un políptico con espacios desiguales, y nada armoniosos, entre uno y otro cuadro. Se percibe la necesidad de sacar de sí, con urgencia, de cualquier modo, la mayor cantidad posible de material antes de morir. No es gran cosa; sin embargo, la página más fea vale más que todos los “gettoni” [célebre colección de novela dirigida por el escritor Elio Vittorini] juntos [?]. En suma,un buen technicolor hecho por y para gente bien.

Entre el “arte” y el technicolor, cuando voy al cine, prefiero el technicolor y no por cierto Un condenado a muerte se escapa. ¿La viste? Vale la pena, para entender dónde estamos parados. Con todo el malentendido de lo descarnado, lo esencial, lo antirretórico, sin comprometerse con el gusto del público (¡pero yo, pobre diablo, soy el público!), renunciando a todo efectismo, con una honestidad a fondo y otros bovarismos por el estilo, el director tuvo la desfachatez de robarme tres cuartos de hora de mi vida para mostrarme a un sujeto que (torturado por el aguijón de la muerte, of course) prepara en secreto una soga para huir, solo en su celda. Ver para creer. (Fue primer premio en Venecia, me parece.)

(a Sergio Solmi)

MCLUHAN, LA GALAXIA GUTENBERG
5 de diciembre de 1962

Es el libro de un pequeño maníaco obsesionado por la causalidad, que busca establecer una relación causal entre la linealidad y la fragmentación del cuadro tipográfico, y la intelectualización de gran parte de los fenómenos sociales y culturales de los últimos cuatro siglos y medio. Me irritó bastante, y tomé la decisión de terminar con la Geistesgeschichte [historia del pensamiento] causal; cualquier libro de astrología, hasta el más mediocre y confuso, nos revela más que cientos de estas pequeñas perspectivas monomaníacas. Por otra parte, el modo en que plantea el problema puede significar, para buena parte de los italianos, un paso hacia delante; y debo decir, además, que en la interpretación del material, aunque sean virtuosismos ejecutados en una sola cuerda, hay a veces intuiciones que verdaderamente me “iluminaron”. Por lo tanto: hélas, sí.

(a Luciano Foà, editorial Adelphi).

Fuente: ADN Cultura

La Bestia Equilátera en Leer es un placer

17 abr

El pasado viernes 13 no nos casamos ni nos embarcamos. Pero estuvimos en un programa de radio. Fuimos invitados por la reconocida librera Natu Poblet a Leer es un Placer, el programa que conduce junto a Carlos Clerici.

Para quienes no hayan podido escucharlo en vivo les dejamos aquí el audio del programa: