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Concurso de Novela

El 29 de noviembre cerró la recepción de obras del Premio La Bestia Equilátera de Novela. En total recibimos 804 textos, provenientes de 27 países y más e 200 ciudades. Las obras serán leídas y evaluadas por el comité de lectura, que elevará entre 10 y 16 finalistas al jurado, que elegirá al ganador. Esperamos tener novedades en el mes de marzo. Muchísimas gracias a todos por participar.

 

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La Bestia Equilátera

La editorial toma su nombre de una novela homónima que se empezó a escribir hace quince años. ¿Quién sabe cuánto tiempo más hará falta para que su autor ponga el punto final? En el otoño de 2006, cansado de esperar, un grupo de fanáticos amenazó al escritor con el célebre imperativo: "Primero publicar, después escribir". Así, decidieron aguardar el nacimiento de la misteriosa bestia editando libros con su mismo sello para mantener viva una vieja ilusión: siempre habrá alguna obra maravillosa que todavía no fue descubierta, no se tradujo o ni siquiera comenzó a escribirse. http://tienda.labestiaequilatera.com/es/ http://www.labestiaequilatera.com http://blog.labestiaequilatera.com http://twitter.com/labestiae
La Bestia Equilátera
La Bestia EquiláteraMiércoles, julio 12th, 2017 at 12:23am
Juan Hernández: "Solo busco ser lo más similar al personaje de David Markson en su libro 'La soledad del lector'"
(nota en la revista Paquidermo)

Estoy parado al frente de mi biblioteca. En flashback, veo las bibliotecas y los libros que me han acompañado o he visto, hasta la edad que tengo en este momento. Aquellas bibliotecas de libros escolares de dos tías abuelas, los precarios libros que estaban en la casa, sin tener idea de dónde salieron, las visitas a la Biblioteca Nacional, luego las visitas a las ventas de libros leídos, algunas tardes en que podía permitirme un café en la Universal, cuando vendían libros. Ver el escaparate de la Lehmann o la Librería Francesa, tantos nombres y lugares que no podrían gastarse en este momento. Repaso las veces que tuve que vender algunos libros para comprarle pañales a mi hijo, cuando tuvimos que regresar a la casa de mi madre, solos los dos. Años después, tras haber sufrido una inundación en nuestra librería, tuvimos que poner a la venta nuestra biblioteca de marxismo y filosofía para seguir con algo que tenía sus días contados. Aquella colección de las Obras Completas de León Trotsky de Juan Pablos Editores, o los cien volúmenes sobre filosofía de Ediciones Orbis, sin pasar por alto cientos de libros de Editorial Progreso o una biblioteca bien cuidada de antropología que vendimos íntegra en las afuera de un Congreso de Antropología de la UCR. Tantos recuerdos de libros que no están. La penúltima vez que hice esto, me pasaba de casa, junto a Mariela, Pantera y Daniel. La Librería Andante llegó a llevarse cerca de ocho cajas de libros. Otros amigos llegaron por algunos libros sueltos. Creía pensar que lo que cargaría esta vez, sería mi biblioteca definitiva. No calcularía que pocos meses después, tendría que enfrentarme a mí mismo, librando una batalla legal por recuperar a mi hijo, llevando al fondo de lo económico una editorial, debilitando la única relación que ha valido la pena, entrando en una depresión y utilizando todos los medios digitales para trivializar mi vida por medio de bromas y comentarios de toda índole, mismos medios que me servirían para construir el corpus de proyectos literarios que publicaría en algún momento. Descuidé qué leer y cómo, cuando esto mismo ha sido lo único que le ha dado razón a mi existencia. Estoy parado al frente de mi biblioteca, respirado hondo y viendo qué ha pasado en tres años de confusión y depresión.

Puedo decir, sin miedo a equivocarme, que las lecturas que me sacaron de la depresión fueron: La separación de los amantes, de Igor Caruso; La divina comedia; Qué haré cuando todo arde?, y Ayer no te vi en Babilonia, de Lobo Antunes; así como El enigma de la llegada, de N.S. Naipaul, entre otros. Acumulé otro montón de cosas: colecciones de poesía, literatura centroamericana, especialmente de Guatemala, libros sobre teoría literaria y, no sé por qué, libros sobre Lacan pero no de Lacan. Llené mis estantes con libros de literatura norteamericana (traducida, obvio) y me hice de varios volúmenes de pop-up y libros ilustrados. En fin, ahora que intento hacer una retrospectiva, solo veo que me he convertido en un prejuicioso de los libros. No sé si la depresión fue suplida por la lectura o porque estar tres años en trámites legales para recuperar a mi hijo me convirtió en una persona que huye de la realidad y se encierra en la ficción. Los cambios que ha sufrido mi personalidad, a veces son notorios, ¿cómo mido esos cambios? Cuando me piden recomendar un libro. El coladero que ya se tiene sobre los libros que uno podría recomendar, es de por sí insoportable. Si hay algo que no se circunscribe dentro de nuestros parámetros, es desmeritado y hasta humillado. Negamos ciertos libros de nuestra educación sentimental tres veces antes de que cante el gallo. Los prejuicios son el parámetro de nuestro modus operandi. Puedo decir que jamás leí a Bolaño y levantar mil sospechas, pero además es muy fácil convencer a alguien de lo contrario. Toda persona que me dice que lee a Bolaño me deja la duda si de verdad lo leyó. Todas las veces que conozco a un desconocido y quiere intentar ser inteligente, me cita a Bolaño. No me queda de otra que recitar la lista de títulos de él, y por rebote, creen que yo lo leí. Luego deben caer y confesar el crimen: yo escribo. ¿Existe algo más detestable que una mesa de escritores? Sí: una mesa de lectores que editan y escriben.

Estoy parado al frente de mi biblioteca actual y me recuerdo que cambié cerca de doscientos libros en una semana, así como algunos libreros, en las librerías de amigos. Veo mi biblioteca actual y no sé qué es, pero sé lo cómodo que me hace sentir. Me interesa mucho más la vida de un personaje que alguien de la vida real a quien apenas saludo. Los libros son una plaga. Invaden todo. La vida, los pensamientos, las amistades, las relaciones. La opinión que se tiene de alguien es a partir de qué se lee y cómo se adquiere el libro. El lugar de dónde provienen los libros indica otro aporte subjetivo al debate. Los indicadores para verificar qué tanto respeto merece alguien que habla de libros, a partir de dónde los compró, adquiere dimensiones astronómicas en algunos casos. Sucede lo mismo con las editoriales o el año de edición del libro. No es lo mismo tener las ediciones de Manuel Puig en Seix Barral de Biblioteca Universal Formentor o Nueva Narrativa Hispánica, que las de Biblioteca Breve, y eso que no estamos hablando de primeras ediciones, sino de ediciones de uso cotidiano. Es cierto, todo los días alguien descubre a Puig, pero ese no es problema mío. También es cierto que la zona geográfica y la franja horario en que nacemos, determina muchas cosas.

Hace poco leí una entrevista a Patricio Pron de Anna María Iglesias, que me puede servir para ilustrar unas cosas que quiero explicar: ‘‘Al fin y al cabo el lugar donde se nace es siempre una lotería. —Exacto, aunque esto no quiere decir que no sea influyente. En mi caso sin duda lo es, pero yo siempre he pensado en la identidad como algo que no está condicionado, como un sitio hacia el cual se llega; o, mejor aún, hacia el que se avanza sin alcanzarlo jamás, más que como un sitio desde el cual se parte’’. No me imagino a Pron escribiendo El principio de la primavera en Guatemala, o El libro tachado desde Honduras, o Una puta mierda desde Siquirres. En otra entrevista al librero de Librería Andante, Francisco Víctor, apunta de una vez: ‘‘yo vengo de un lugar donde no hay libros’’. Así, sin más, Francisco es hoy, quizá, el mejor librero que tiene este país, con la librería mejor curada a nivel bibliográfico. Hay cosas sospechosas y otras que no, cuando se habla de libros según el lugar de donde se venga. ¿Existe algo más detestable que una mesa de lectores? Sí: una mesa de escritores digitales que editan y piensan que hacen literatura. Regresando a las sospechas. Para mí hay peculiaridades sospechosas: la gente que tiene en sus bibliotecas todo Roberto Bolaño, todo Bukowski, ello mezclado con Vargas Llosa y García Márquez. En mi caso, solo el viejo Chinasky, por un tema de educación sentimental, lo paso. Volvemos al tema: todos los días descubren a Bolaño, pero qué aburrido que se vuelve. Si hace un par de décadas no haber leído a Borges era motivo de burla, no tener nada de Bolaño puede ser considerado un acto de ignorancia. Por ello, siempre que me preguntan qué hago, digo sin reparos: soy un gran ignorante. Alguien que recomienda a Hoellebecq, pero dice admirar a Ernesto Cardenal o Gioconda Belli, no es más que un tarado que cayó por rebote en esto llamado literatura.

Hace un tiempo me encontré con artículos que escribía cuando pensaba que quería ser escritor. Recuerdo las lecturas de ese momento en base a las ideas que buscaba expresar. Era mi viaje para buscar mi voz propia. Los caminos son muchos y diversos. Veo atrás y me alegro de haber abandonado ese intento. Bien podría ser un autor con un premio nacional a cuestas, obnubilado, publicando con cualquier editorial que prometiera llevarme a Frankfurt o alguna estupidez así, viviendo en la casa de mis padres, pensado que escribo algo importante, y, sin darme cuenta jamás del enorme ridículo que soy. Ahora leo tanto que no logro escribir bien y dudo que lo que escriba alguien lo puede entender. Solo cuando hago este tipo de reflexión recuerdo que alguien me va a leer. ¿Escribo para mí mismo? Hace poco terminé de leer varios libros de Mircea Cărtărescu y me pregunté si valía la pena esto de escribir. Cada libro que culmino echa tierra sobre un ataúd que lleva adentro el germen de un escritor. Pero también, cada libro que leo me acerca más a la búsqueda ya no de la voz propia, sino de la vida propia.

Estoy parado al frente de mi biblioteca y veo una pequeña sección que he bautizado ‘‘literatura salvaje’’. Es una colección de libros sobre la vida alejada, en bosques, montañas, tratados sobre el paisaje, ríos, árboles, insectos, lo sublime, cosas así. Por primera vez en mi vida, vivo sin miedo a equivocarme. Sé que esta no será mi biblioteca definitiva, solo busco ser lo más similar al personaje de David Markson en su libro La soledad del lector: leer y perder la noción de la realidad entre citas textuales, biografías rápidas, notas al margen y pensamientos sobre libros.

https://www.revistapaquidermo.com/archives/12903
La Bestia Equilátera
La Bestia EquiláteraMartes, julio 11th, 2017 at 12:21am
Rescate de una parodia de Lamborghini y Scheuer
(Ana María Mopty sobre 'Una nueva aventura de Irene Adler' de Osvaldo Lamborghini y Dodi Scheuer para el diario La Gaceta)

Osvaldo Lamborghini incursionó a partir de 1972 en la creación de un personaje paródico desde la historieta. Por su parte, Dodi Scheuer, ya se había distinguido en la construcción de guiones y como narrador lírico. Probablemente esos datos signifiquen antecedentes relevantes para la publicación de la pieza teatral Una nueva aventura de Irene Adler, realizada por ambos escritores a partir de un borrador de 1974, que fue abandonado y luego finalizado en 2015.

El prólogo nos adelanta que la mencionada obra parte de Escándalo en Bohemia, relato del único gran amor de Sherlock Holmes, Irene Adler, protagonista también en ese caso. El calificativo que acompaña al nombre nos advierte sobre una recreación a partir de una ficción, en la que se produce una nueva obra con otra historia, otras circunstancias y personajes capaces de representar a diferentes grupos militares y a la tropa que habita el Gran Hotel-Prisión. Desde esta nueva mirada, nos encontramos con una Irene en otra geografía, donde la mujer y la niña resultan más vulnerables dada las circunstancias políticas. Las violencias físicas a las que se hace referencia dan cuenta de la injusticia, desigualdad y soberbia del mismo género humano frente a grupos minoritarios o de menor rango.

El ambiente exige a la protagonista una actuación dentro de su actuación, crear otro personaje para salvarse y admiramos su temple frente a las adversidades. Sin embargo, es allí donde encontramos la humanización, la carnadura de la protagonista y la fuerza de una entidad humana que se modifica, se hace risueña y puede conmover al sorprendido lector. La historia da lugar a otros personajes paródicos que pueden mover a la sonrisa o al horror aunque finalmente muestran también otros sentimientos. El final de la obra indica un nuevo cambio en la actuación de los personajes y un cuchillo amenazante que deberá probar Irene Adler con resultado incierto, un modo de experimentar, como dijo Borges, “el íntimo cuchillo en la garganta”.

http://www.lagaceta.com.ar/nota/736518/la-gaceta-literaria/recate-parodia-lamborghini-scheuer.html

http://tienda.labestiaequilatera.com/es/literatura-argentina/80-una-nueva-aventura-de-irene-adler.html
La Bestia Equilátera
La Bestia EquiláteraDomingo, julio 9th, 2017 at 10:00pm
'Buenos Aires', relatos de Alan Pauls, Edgardo Cozarinsky, Sergio Chejfec, Daniel Guebel, Sylvia Molloy, Marcelo Cohen, Martín Rejtman, entre otros.
(nota en Golosina Canibal)

Las antologías son una jugada compleja y traicionera para cualquier editorial y cualquier lector: o estamos ante una recolección mediocre de muestras textuales o estamos ante un brillante collage de textos disímiles y vibrantes. Es así. Una antología puede hacer que te arrepientas de por vida de haberla comprado y que inmediatamente quieras venderla, la típica antología que recae en lo obvio, en lo canónico; o puede hacer que agradezcas haber gastado en esa compilación por la novedad de sus textos, que nunca habían sido publicados, y por el eje que transitan, cada escritor a su manera.

Buenos Aires. La ciudad como un plano (La bestia equilátera, 2010, 2da edición 2016) entraría dentro del segundo tipo de antologías (recuperando lo mejor de las viejas antologías de la editorial Jorge Álvarez). La propuesta es simple (pero no el resultado): escritores y cronistas escriben sobre la Ciudad de Buenos Aires y sus alrededores. Se trata, es claro, de trazar recorridos por las calles urbanas, los centros cosmopolitas o las reservas casi ecológicas para, como querían nuestros amados Deleuze y Guattari, cartografiar, cartografiar, cartografiar. Ahora bien, lo interesante de esta antología es la diversidad y la lucidez que presentan sus textos. Hacía tiempo que no leía una antología pareja, es difícil encontrarlas, suelen tener sus puntos altísimos y sus puntos bajísimos. En Buenos Aires. La ciudad como un plano, por el contrario, la convivencia de tonos diversos, de registros diversos, de géneros diversos hace que el traqueteo por la ciudad se vuelva múltiple, inasible y vibrante. En ese entramado de percepciones y textualidades es posible trazar ciertas líneas que vinculen los textos de la antología para armar una red de sentidos y desplazamientos.

Así, el relato de Sergio Chejfec, “El testigo”, uno de los grandes relatos del libro (un tipo obsesionado con una carta de Cortázar que vuelve a Buenos Aires, después de vivir años fuera del país, para encontrar el lugar donde vivía el autor de Rayuela a fines de los 40) y “Miserereplatz” de Edgardo Cozarinsky, un texto inclasificable, cuando no, sobre la Plaza Miserere y sus alrededores, son dos modos alternativos de volver una mirada de “arrebatado sentimiento de extinción” y un “ataque fulminante de nostalgia” en relación con la ciudad, una convivencia de temporalidades en las fachadas, en las calles y en los sujetos urbanos. Del otro lado, la crónica “Diario del 22 de noviembre de 2000” de María Carman (sobre el tren blanco en Belgrano R y los carros revolvedores, que trenza la propia voz de la cronista con la de los protagonistas de su crónica, y un coletazo final de gran nivel poético) y el “Informe sobre ceros” de Dalfia Oken, seudónimo de un binomio de autores, que acompaña a los vagabundos y mendigos de las calles porteñas recuperan, a su modo, los desplazamientos marginales que caracterizan a Buenos Aires, recuperando las vidas que han sido abandonadas por el Estado y los otros. Vemos en las anteriores, dos líneas posibles para trazar en el concierto de voces que se aúnan en Buenos Aires. La ciudad como un plano aunque podrían trazarse otras diversas: la vida comercial en “Paseás por Florida” de Sylvia Molloy (una nueva modulación de la nostalgia urbana) y en “Pasajes” de Graciela Speranza (texto sobre galerías, en el que vuelve a aparecer Cortázar); pequeñas anécdotas que narrativizan la vida urbana en “Una flor para Selma” de Arnaldo Calveyra (la llegada inmigrante a Buenos Aires y la nueva vida) y en “Caminata bárbara” de María Sonia Cristoff (típicas recorridas por la Reserva Ecológica en Costanera y el encuentro con un hombre que había desaparecido); la ciudad como cuerpo y el tono tragicómico en “Humo” de Daniel Guebel y “Filcar. Un recorrido” de Alan Pauls, dos cuentos que trabajan en torno de la enfermedad y la muerte; etc.

Buenos Aires. La ciudad como un plano es una cartografía textual y perceptiva de Buenos Aires y sus alrededores destacable por la variedad y la calidad de sus participantes y por los recorridos que propone: desde el Retiro detallista de Marcelo Cohen (en “Retiro. La estación”) hasta el dicotómico Belgrano R de María Carman, pasando por el extranjerizado Centro de Ann-Kazumi Stahl (en “Primero días porteños”). Las antologías, ya lo dije, son un tipo editorial traicionero y, sin embargo, en este caso da gusto recorrer las páginas y leer textos inéditos de escritores lúcidos que construyen su propio modo de vivir y de escribir los cien barrios porteños.

http://golosinacanibal.blogspot.com.ar/2011/05/cartografiar-cartografiar-cartografiar.html

http://tienda.labestiaequilatera.com/es/literatura-argentina/7-buenos-aires-la-ciudad-como-un-plano.html
La Bestia Equilátera
La Bestia EquiláteraDomingo, julio 9th, 2017 at 12:20am
Galaxia Vonnegut
(nota de Fernando Krapp para Página 12)

Dicen las sagradas escrituras anónimas que cuando un joven escritor oriundo de Indianápolis, con dudosos conocimientos en química, sobreviviente de la masacre de Dresden aunque de apellido alemán, estudiante de antropología sin título, tuvo que enfrentarse al mercado laboral, se dio cuenta que escribiendo historias podía hacer una diferencia como para salir del paso. Así fue como Kurt Vonnegut empezó a escribir sus famosas short stories en acorralados formatos por las exigencias editoriales de las revistas literarias que por algún entonces supieron tener público. Esos cuentos, muchos de ellos publicados en los años ’50, antes inaccesibles para nosotros, llegaron agrupados primero el año pasado en Mire al pajarito, y ahora en otro volumen titulado Mientras los mortales duermen, en ambos casos cortesía de la editorial Sexto Piso.

Como todos los cuentos prematuros de cualquier escritor, el libro tiene los componentes estilísticos necesarios que Vonnegut habría de explorar y reexplorar en su obra posterior, aunque sin dos grandes focos temáticos; su visión sobre la ciencia ficción como herramienta y no como meta y las múltiples consecuencias que su experiencia como soldado en la Segunda Guerra tuvieron en su escritura. Hay en estos cuentos un esforzado intento por ser más un Señor Escritor como los modelos clásicos impuestos a los escritores de post guerra norteamericanos, es decir como un Scott Fitzgerald o un Sloan Wilson. Los personajes que habitan estos sin embargo notables relatos son narrados con una distancia crítica que apunta a marcar las incipientes falencias del sistema capitalista de los ‘50 en pleno auge. Estos personajes no despiertan la empatía habitual en Vonnegut y su objetivo está más puesto en el juego de trampas moral que en la literatura (lugar al que volvería hacia el final de su vida de manera mucho más ácida y despiadada). Obviamente, el joven Kurt se sale un poco con la suya. En “Jenny”, por ejemplo, primer cuento del libro y el más Vonnegut de todos, un científico recorre Estados Unidos con su novia heladera que habla y se mueve. En “Dinero habla” una herencia hace que una pareja se saque las viejas y queridas miserias gracias a la economía doméstica. Vonnegut también hace de las suyas en adelantarse perceptivamente en el tiempo, y como en la forma multimedial que anunció Internet, hizo llorar de envidia a los posmodernos y logró la culminación de su estilo híbrido y autorreferencial en su novela más famosa Matadero-Cinco, en algunos de estos cuentos embrionarios también se adelanta al futuro al observar el presente y acentúa, de manera grotesca, aspectos que hoy nos resultan más que familiares: como en un cuento donde un hombre horrible y deforme se escribe muchas cartas con diversas mujeres para poder inventarse vidas paralelas y apalear un poco la soledad de su existencia.

De a poco, con el correr de los años, entrado ya en su década dorada, los ’60 de Vonnegut, con tres novelas a cuestas, el escritor se aparta de una forma más “clásica” de observar y escribir sobre la realidad, para realizar sus ya famosos experimentos formales apoyados en su inconfundible estilo narrativo que no cae en desmedro de la historia. En el año 1963 entonces, Vonnegut publica Cuna de Gato, reeditada ahora por La Bestia Equilátera: hoy, en lugar de sentirla como una novela del pasado, la vemos llegar como un mensaje perdido del futuro. Cuando la abrimos no solo tenemos la tesis de graduación en antropología más extraña que se haya escrito (la universidad de Chicago la aceptó honrosa de manos de Vonnegut famoso, cuando años antes le había rechazado su verdadera tesis de corte y confección académica) sino que lo primero que experimentamos es: cómo se extrañaban los comienzos de las novelas de Kurt Vonnegut, comienzos que dicen más o menos así: “Pueden ustedes llamarme Jonas. Mis padres me llamaron así, o casi. Me llamaron John”.

Kurt Vonnegut suele ser comparado con Mark Twain y con justa razón. Ambos compartieron, además de un enrulado bigote (algo que a Vonnegut no le gustaba mucho comparar, ya que según él ese bigote era una herencia de su tío), el gusto refinado por la cultura popular y cierto humor por momentos elegante, por momentos payasesco (no por nada su novela más autobiográfica se llama Slapstick). Pero ese comienzo remite más que al padre de Tom Saywer y de la literatura norteamericana, al otro padre, y al comienzo de Moby Dick, de Herman Melville. Porque así como el tranquilo de Ismael se suma a la locura de Ahab por buscarle un sentido metafísico a la gran ballena blanca, John o Jonás hace lo suyo con la bomba atómica. John es un escritor que quiere escribir una (gran) novela sobre la bomba y su hipotético inventor: el doctor Hoennikker, un científico insólito a la Kubrick que tras recibir el Premio Nobel dio un escueto discurso: “Cualquier cosa puede llamar mi atención y atraer mi curiosidad. Soy un hombre feliz. Muchas gracias”. John, para hacer su trabajo de investigación, le escribe al hijo del científico, Newt, un hombrecito casi enano que lo envuelve en la trama familiar. Así John se entera de que el doctor Hoennikker pasó una temporada en una desconocida isla de las Antillas donde se convirtió en una especie de Mesías. John, o Jonás, sigue los hilos que hilvanan la cuna del gato e inicia así un viaje por las Antillas de náufrago, en el sentido bíblico del término, que lo depositará en San Lorenzo.

El año de publicación es significativo; Cuna de Gato puede leerse como una contrapartida a uno de los fracasos bélicos más estrepitosos de Estados Unidos: la invasión a Bahía los Cochinos en el año 1961. Evento que puso en el foco del imaginario norteamericano la inminencia del desastre nuclear y la idea paranoica de que en Latinoamérica se estaban gestando ideas raras. En San Lorenzo, la nación más pobre del planeta, existe una religión basada en la nada misma que pregona la libertad sexual y la contradicción andante de las ideas: el bokononismo. Ahí, a merced de un amor alocado, obnubilado por una lengua extraña mezcla de creole y de inglés, John llega al mayor descubrimiento de la humanidad, después de la bomba atómica, cortesía también del doctor Hoennikker: el Hielo 9. Un líquido que a temperatura ambiente se solidifica y solidifica todo lo líquido que toca. Vonnegut parece decir, invirtiendo la lógica ideada por Marx: todo lo líquido que toca un norteamericano se vuelve sólido, se vuelve cosa, se vuelve mercancía. Algo que de alguna manera vonnegutiana puede lograr la destrucción del planeta, en apenas 127 capítulos desarrollados en unas doscientas páginas.

El nombre deseado por John obviamente también tiene un sentido bíblico: Jonás fue el quinto profeta, el rebelde que marca los límites de Israel, el tipo que se queda dormido en la parte más oscura de un barco y que por esa misma razón genera la ira de Dios. Jonás asume su error y lo tiran por la borda, al caer al agua, es engullido como alimento balanceado por un gran pez y termina siendo vomitado por él. John tiene mucho de ese vómito, y de alguna manera lo tiene también Vonnegut: un escritor famoso que supo reírse de las clásicas novelas de guerra y mezclarlas con la ciencia ficción, para ser también denostado por payaso y poco serio (Vonnegut se reiría y lloraría sobre eso en sus propias novelas). La sorpresiva reedición en distintos puntos del planeta es un acontecimiento importante que el propio Vonnegut no habría solemnizado, ya que él mismo señalaba en sus cursos de escritura de Iowa: no te tomes nada demasiado en serio. De todos modos, esperemos que las editoriales que tuvieron esta iniciativa sí se lo tomen en serio, y nos dejen a nosotros los lectores complacidos por semejante golpe de suerte.

https://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/subnotas/4876-605-2013-12-10.html

http://tienda.labestiaequilatera.com/es/literatura-extranjera/46-cuna-de-gato.html
La Bestia Equilátera
La Bestia EquiláteraSábado, julio 8th, 2017 at 12:15am
Un golpe de suerte infernal
(Osvaldo Aguirre sobre 'Zona caliente' de Charles Williams para la revista Ñ)

La novela Zona caliente de Charles Williams cautiva con su perspectiva escéptica y un extraño lirismo.

Charles Williams pertenece a la segunda generación de escritores estadounidense que establecieron el género de la novela negra. Introducido originalmente en español a través de Cobalto, una de las colecciones destinadas a quioscos que circularon en los años 50, tuvo mayor visibilidad en los 70 como parte de la serie que dirigió Ricardo Piglia para la editorial Tiempo Contemporáneo y, en 1974, con la primera traducción de su obra maestra, Hell Hath No Fury, como Infierno sin fuego. El libro se reedita ahora bajo el título Zona caliente, el mismo de la película que filmó Dennis Hopper (1990) en base a la historia.

A primera vista, la novela trabaja con estereotipos del género. El protagonista, Harry Madox, es una especie de vagabundo a la busca de un golpe de suerte que le permita no enderezar su vida sino obtener una cantidad suficiente de dinero para vivir sin problemas. “En este mundo tomas lo que quieres, sin esperar a que alguien te lo traiga”, dice, en una reflexión característica de ese tipo de personaje, y la solución que encuentra es el robo de un banco. Los hechos lo enredan con mujeres antitéticas, una joven empleada que es víctima de un chantajista y la esposa de su patrón en una agencia de autos usados, que representa a la perfección el tipo de la mujer fatal.

Sin embargo, Williams hace un uso notoriamente singular de esas convenciones, distanciado por la ironía, su perspectiva escéptica en torno a los valores sociales y sobre todo por el extraño lirismo que impone a su escritura y que puede pasar desapercibido bajo el ritmo vertiginoso de la narración. En vez de la ciudad, el escenario típico del género, sitúa la acción en un pueblo (ambiente que dio posteriormente otra gran novela como Pop. 1280, de Jim Thompson). El relato en primera persona de Madox, forma que intensifica el dramatismo de una situación que comienza a cerrarse hasta no tener salida, la creación de una atmósfera sofocante donde convergen un conjunto heterogéneo de circunstancias, desde las relaciones entre los personajes hasta el estado del tiempo, y el recurso a los contrastes, notorio en el pasaje que lleva sin respiro de una escena romántica a un agobiante interrogatorio policial, son los principales recursos con que Zona caliente atrapa de principio a fin la atención del lector.

La diferencia cualitativa de Williams pasa por la belleza de las descripciones, la eficacia simbólica y visual de las comparaciones y el humor no ya negro, como cabe esperar, sino crispado por la violencia y la tensión permanente. Posiblemente no haya otro personaje en el género tan sensible a la observación del cielo y la naturaleza como Madox, y en él se explica porque fue marinero (como el autor). Un rasgo que alcanza su culminación en el final de la novela, cuando el personaje, en medio de la noche y de una lluvia torrencial, llega hasta una cabaña enclavada entre unas colinas y recorre un camino que le permite escapar de la ley y al mismo tiempo lo condena a un tipo de encierro. Como última ironía de Williams, se trata de un enclaustramiento que pasa también por una forma respetable de vida, donde contar la verdad representa una opción utópica, porque implica el precio más alto que se pueda imaginar.

https://www.clarin.com/revista-n/literatura/golpe-suerte-infernal_0_r1ZmRRfHg.html

http://tienda.labestiaequilatera.com/es/78-zona-caliente.html